En Kabul no hay fotomatones, esas cabinas con cortina sucia donde el interesado en retratarse simula expresiones de una seriedad insólita (los pasaportes siempre provocan una tentación de eternidad). En Kabul, en realidad, no hay nada: es una ciudad a medio destruir en espera de que alguna guerra nueva, o la misma con otro collar, termine el trabajo del picapedrero.

Amin junto a su cámara fotográfica. Foto:El País

Amin junto a su cámara fotográfica. Foto:El País

En ciudades así surgen tipos singulares como Amin, el fotógrafo callejero que se planta cada día delante del centro de rehabilitación de amputados del Comité Internacional de la Cruz Roja. Su trabajo es el retrato, peor aún: la foto carné. Armado con una caja negra de color rojo despliega sus malabarismos de quita y pon la tapa que permiten el paso de la luz para después de un tiempo aparecer como un ilusionista con unas pálidas fotografías en blanco y negro que impresionan al interesado, poco acostumbrado a la duplicación de su imagen.

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